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Carta apostólica Admirabile signum del Santo Padre Francisco sobre el significado y el valor del Belén. 01-12-2019

Este es el título del escrito que acompañó al papa Francisco, en su visita a Greccio (Italia), donde presento los aspectos significativos y hasta novedosos, de la espiritualidad que surge del “Belén”.

El papa, quiere resaltar la teología inspiradora del misterio del belén, con la sencillez que está plasmada en el evangelio: “la representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo…descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él (#1)

El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén…Jesús fue colocado en un pesebre (Lc 2,7) …El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer”.

La inspiración del papa, es Francisco de Asís, por eso, se une a la contemplación y a la vivencia evangélica del pequeñuelo de Asís, “pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma…Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio (1C 84-86) …El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús (#2).

San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo…un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos”.

Francisco de Asís, vuelve a llevarnos al centro de la vida y la fe, el misterio del belén, por eso el papa plantea una pregunta con reflexiones que tratan de responder, “¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez…El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida…su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales”.

El papa resalta que, desde la espiritualidad franciscana, solo se puede acercar a los misterios de Jesús, el Hijo, desde la experiencia humana, resalta que, “de modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación…es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46)” (#3). En la perspectiva franciscana, la espiritualidad cristiana, se construye desde la sensibilidad y la plenitud humana: nada de lo humano es contrario a la fe en Jesús.

El papa, expresó que, “me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén…

En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche…Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas…Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia…Dios se hizo hombre…su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79). (#4).

¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías…

Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor. «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores…los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro (#5).

Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio…Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía”.

En realidad, el misterio simbolico del “belen”, es el camino inicial para el encuentro   seguimiento de Jesús, así lo expresa el papa, “Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello…Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado”. El papa, nos planteó, que desde el belén podemos iniciar procesos de transformación personal y social, en donde, el punto de partida y llegada son los “últimos”, solo así se construye una sociedad más humana, hermanable, por eso dice que, en los hogares, “les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan…, todo esto representa la santidad cotidiana… (#6)”. Es importante retomar lo de la “santidad cotidiana”, es una “asignatura” pendiente en la espiritualidad cristiana.

Para vivir este misterio del belén, se necesita contemplar la simbología teológica, “poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado…Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José…San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia (cf. Mt 2,13-15) … fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica (#7).

El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma…El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida….«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación…El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas…nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida” (#8). El Dios del belén, desconcierta, como desconcierta la humanidad.

El papa, hace una reflexión teológica de la Epifanía, desde los personajes, que conocemos como los “Reyes Magos”, “cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos…se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura…Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor…Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo…No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo” (#9).

El papa finaliza, motivando, “que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde…” (#10).

Que bien nos hace a nuestra espiritualidad cristiana, el reflexionar, sentir y orar el misterio del “belén”, con todo su simbolismo, que requiere acercarse con ojos y sensibilidad contemplativa, donde el asombro y la sencillez se juntan. En estos tiempos que ha crecido en las prácticas católicas: los “espectáculos católicos”, los “eventos triunfalistas”, “los encuentros masivos”, los “youtubers católicos” de las redes sociales; el misterio del “belén” y la Encarnación, nos desafían desde el evangelio, llevándonos a lo esencial de la vida plenamente humana y la espiritualidad cristiana; es decir, a esa sabiduría que brota de la sencillez, humildad y solidaridad.

René Arturo Flores, OFM