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“Francisco ve y repara mi Iglesia”

“Francisco ve y repara mi Iglesia”

Autenticidad del primado de la oración: escucha y respuesta

La experiencia del camino vocacional del hermano Francisco es un auténtico encuentro con Dios trino y uno, es un encuentro profundo y personal con Cristo y su Evangelio, un diálogo fecundo de amor y caridad. En efecto, San Juan Pablo II, lo expresó muy bien: “Cristo, a quien escuchó en san Damián y abrazó en sus hermanos leprosos, es la nueva luz de Francisco”, que lo condujo a orientar todo –pensamientos, deseos, aspiraciones y vida- en un único centro vital: la cruz de Cristo como “camino y antorcha de la verdad”[1].

Es en el encuentro en la capilla destruida de San Damián en donde Jesucristo desde la cruz despierta en el joven Francisco una mirada que se centra en “la casa que se derrumba”[2], por tres veces escucha este llamado y al mismo tiempo obedece fielmente esta voz[3] divina y se dispone inmediatamente a reconstruir capillas abandonadas, siguiendo de esta forma a la letra la invitación recibida del Crucificado. La búsqueda de Francisco es aclarada en buena parte por este mandato divino…

La mirada del Crucificado-Resucitado grabada en la cruz de San Damián refleja tiernamente la mirada misericordiosa de Dios, es una mirada penetrante y suplicante ante el dolor y los sufrimientos. Es una mirada profunda y dolorosa por los crucificados que continúa mirando. Además, es una mirada viva y por eso el crucifijo le habla, no está en silencio, es decir muerto, sino que está resucitado, es la cruz pascual de San Damián. Francisco aún temeroso de aquella mirada, porque su mirada todavía está empecatada, mundanizada (Test 3), escucha la voz del Crucificado-resucitado, obedece contemplando a la luz de esa mirada humana y divina el deseo del amor de Dios, redescubriendo así el auténtico Amor encarnado. Su adhesión total a los deseos caritativos de Dios, expresados en el servir amorosamente a Dios en los mismos crucificados del mundo – los leprosos-.

El amor, así planteado presupone ante todo, un profundo ejercicio de “domesticación”, es decir, el ejercicio de dejar entrar al otro en la propia casa[4] (vida) para reconstruirla, aprende a vivir desde el corazón, soportando las pruebas, sin disminuir la libertad personal y sobre todo acrecentando la dimensión humana y espiritual, a través de la minoridad y el servicio, que es mirar el rostro sufriente y compadecerse abrazando a los crucificados, para entrar así en comunión particularmente con la Pasión de Jesús –misterium crucis-.

El encuentro con el Cristo pascual de San Damián es decisivo, le permite al joven Francisco descubrir su vocación y misión en medio de las graves dificultades de su tiempo y de las circunstancias, pues al principio fue tratado como un loco y demente, la gente le arrojaba barro y piedras… sin embargo, vivió esa llamada con una respuesta concreta y radical de amor al amor de quien lo llama, con valentía profética y con ternura (1Cor 1, 18-25).  

Desde su juventud Francisco manifiesta mucha caridad con los pobres, pero ahora a partir de esta experiencia de fe en San Damián, donde se da este cambio interior (conversión), de la mirada amorosa y la obediencia a la voz escuchada, comprende que debe de amar y entregarse a los que Dios ama y seguir amando a Dios en los deseos más profundos de los empobrecidos. Con esta realidad de los marginados y de Jesús pobre y crucificado se identifica profundamente Francisco, hasta el punto de que sus ojos lloran continuamente la Pasión del Señor[5], que le da un nuevo sentido a todo, primero a su propia vida (vocación y misión) seguimiento de las huellas de Cristo pobre expresado en una devoción profunda a la Pasión de Jesús[6] y segundo, porque le da al sufrimiento, al dolor, el sentido de la esperanza cristiana.

Esta experiencia del Cristo de San Damián, además, establece años después una alianza mística en la carne que revela el amor total: “las llagas de su cuerpo hicieron patente el amor de su corazón” (1Cel 217). Y así, ese impulso del amor contemplativo, lo lleva a abrirse al misterio para vivir con Cristo y como Cristo, que fue obediente hasta la cruz, por eso como señala su biógrafo Tomas de Celano: “Llenaba los caminos con sus sollozos sin poder consolarse, recordando las llagas de Cristo” (2Cel 11). No obstante, esta experiencia mística es aún más fuerte: “Y no solo se afligía llorando, sino que se privaba de comida y de la bebida en memoria de la pasión del Señor” (Tres Compañeros 14). A partir de esta experiencia de fe, Francisco con mucha austeridad y entre grandes mortificaciones irá reconstruyendo la Iglesia y abrazando con profunda compasión a los leprosos.

En todo, Francisco es el viviente remedo del Crucificado, que parte de la experiencia orante del saber mirar y escuchar la Palabra y la voz del Crucificado de San Damián que lo invita a “reparar la Iglesia”, experimentando así una identidad nueva, no puede vivir fuera de esa mirada y el eco de esa voz escuchada, de ese imperativo evangélico amoroso, además, en su infatigable disponibilidad descubre su propia desnudez, que es la máxima sensibilidad a las necesidades del pobre.

En la tarea inacabada de “reparar la Iglesia”, Francisco se sitúa frente a una Iglesia en crisis, no solo por la decadencia del monaquismo, sino por las estructuras mismas de la jerarquía eclesiástica de su tiempo. Sin embargo, no trata de reformar este viejo modelo, sino que buscando el sentido último del Evangelio y en escucha atenta de la Palabra, es que da un nuevo giro a la misión de la Iglesia. A diferencia de los otros movimientos laicales pauperísticos de su época, que pretendían abolir los sacramentos y por tanto, aniquilar a la jerarquía eclesiástica[7], la respuesta de Francisco ante la llamada del Cristo de San Damián es total y generosa, su cuestionamiento es desde su testimonio evangélico en silencio.

La respuesta de Francisco esta llamada humana y divina echa por la imagen de Jesucristo, le lleva concretamente hacia la periferia, hacia el lugar de los pobres y excluidos, hacia una relación con el otro para acogerle amablemente, y es desde este mismo lugar que se fundamenta en la misma experiencia de fe, el seguimiento radical de Jesús pobre y crucificado. A partir de este fundamento aconseja a sus mismos hermanos a fomentar una actitud de encuentro, bondad y acogida, solidaridad, servicio y minoridad y, vivir siempre en fraternidad.

Por tanto, seguir asumiendo la condición de los excluidos de hoy, de las víctimas de toda clase de violencia, es seguir asumiendo el camino de la cruz redentora de Jesús pobre y crucificado[8], y humanizar esta sociedad como lo hizo el mismo Francisco de Asís, que llamó a todos a la conversión y la penitencia.

Comprometido con el mandato del Cristo pobre de San Damián y convertido él en un pobre entre los mismo pobres, emprende un largo camino desprendido de todo interés y deseos de vanagloria y de la carne. Es decir, logra insertase en la realidad histórica en donde busca hermanarse concretamente con el dolor y el sufrimiento del otro, ampliando así el sentido vivencial de la libertad y la opción por el más débil, que le lleva a liberarse de todo, de los lugares, de las posesiones y sobre todo de los privilegios, status quo. Es una liberación auténticamente evangélica para liberar a los demás.

Por otro lado, la vida de penitencia, es la manifestación definitiva de una ascesis liberadora del más profundo egoísmo que todos llevamos dentro (1Cel 35), por eso Francisco prometió: alegría, felicidad y bienaventuranzas eternas a aquellos que supieran sufrir y contemplar lo que falta a la Pasión de Cristo. Sin duda alguna, este es el punto de partida de un proceso de conversión que da identidad a la actuación del verdadero hermano y de su dinamismo pascual que lo va introduciendo paso a paso en el deseo profundo del Dios crucificado, que se entrega para que todos tengamos vida en abundancia.

Finalmente, es salir, Francisco está fuera de las murallas de Asís, entra a orar y el Crucifijo de San Damián le llama a salir: “ve repara mi casa”. Y Francisco va con el mismo estilo de quien lo envía, desnudo como el desnudo en la cruz, obedeciendo amorosamente a esta voz divina, este mandato que afianza en el mismo Francisco una nueva manera de vivir el santo Evangelio, de su amor apasionado y su fidelidad a la pobreza y a la Iglesia, a los sacerdotes y a las criaturas, con un mirar contemplativo-místico, misericordioso y un vivir afectuoso para con todos los seres vivos[9], en la cotidianidad aprende a ver a todos con los ojos del corazón (TC 57).

En conclusión, Francisco en el primado de la oración encuentra su vocación en la Iglesia para reconstruirla y en la inspiración Divina el don de la fraternidad… En el encuentro más cercano (abrazo y beso) a los leprosos, un profundo y extenso campo para la misión permanente, sin “apagar el espíritu de oración y devoción”.

Reflexión personal

  1. En este proceso de conversión descubrimos la autenticidad de la respuesta del hermano Francisco, su relación fecunda con Cristo crucificado –memoria passionis Christi– y la realidad social y eclesial ¿Cómo puedo profundizar en mi vida consagrada esta vivencia de la espiritualidad?
  2. ¿Cuál es mi aporte concreto como franciscano en la reconstrucción de la Iglesia hoy?
  3. En mi caminar biográfico (proyecto de vida) ¿Cómo he cuidado el encuentro con mi humanidad frágil, con mi cuerpo que es “templo del Dios vivo y verdadero” y cómo cuido el encuentro con mis hermanos/as “templos del Dios vivo” –fraternidad-, sociedad leprosa, marginada y excluida, ecología deteriorada?

[1] Artículo del Ministro general en el X aniversario de la visita de Juan Pablo II al Alverna (Cf. L´Osservatore Romano, 4 de octubre de 2003).

[2] LM 2, 1a; 2Cel 10a; TC 13c.

[3] San Pablo escucha la voz de Jesús (Hch 9, 3-11) tenía alrededor de 25 años de edad, cuando inició su conversión profunda y su seguimiento de Jesús (Gál 5, 1; 2, 20; Flp 1, 8; 3, 8; 1Cor 9, 16). En el Antiguo Testamento, Moisés escuchó tres veces una voz que le llamó por su propio nombre, esa zarza ardiente significa el ardor y la luz de un amor inextinguible, con la misión de liberar a Israel, su pueblo. Moisés responde con miedo, pero es una respuesta que va madurando con la entrega…

[4] “Donde hay temor de Dios cuidando la entrada (Cf. Lc 11, 21), allí el enemigo no puede encontrar un lugar por dónde entrar”. Adm 27,5.

[5] Un día iba solo cerca de la Iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz. Un hombre espiritual que lo oyó, pensó que sufría de alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: “Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería de avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo” Cf. Tres Compañeros 14.

[6] Un ejemplo de ello son los salmos del Oficio de la Pasión, compuestos casi exclusivamente por Francisco y que recogen la experiencia de una meditación constante de los sufrimientos de Jesús.

[7] Estos movimientos cayeron en herejía al enfrentarse a una Iglesia exageradamente clerical y en una grave crisis de las costumbres eclesiástica (dualismo moral y religioso), estos movimientos querían salvar el Evangelio desde la “imitatio Christi”, sin embargo, Francisco a pesar de las flaquezas de la Iglesia medieval, vive con radicalidad el Evangelio dentro de la Iglesia y a la vez es el fermento de una verdadera y profunda renovación eclesial y social de la época. Algunos de estos movimientos fueron aceptados por la Iglesia, sin embargo, tiempos después fueron condenados (entre ellos los espirituales franciscanos). Un grupo de ellos continuó con la denuncia de la riqueza y del poder de la Iglesia. En el Concilio de Trento se hizo real el cisma con los reformistas, ya que se fortaleció el poder autoritario de los papas… siguiendo las mismas líneas de las estructuras feudales. Es obvio que el problema de la riqueza y el poder dentro de la Iglesia ha estado muy presente en todas las pugnas y divisiones históricas.

[8] “Y el crucifijo no nos habla de derrota, de fracaso; paradójicamente nos habla de una muerte que es vida, que genera vida, porque nos habla de amor, porque él es el amor de Dios encarnado, y el Amor no muere, más aún, vence el mal y la muerte. El que se deja mirar por Jesús crucificado es re-creado, llega a ser una “nueva criatura”. De aquí comienza todo: es la experiencia de la gracia que transforma, el ser amado sin méritos, aun siendo pecadores”. Homilía del papa Francisco, visita pastoral a Asís, 4 de octubre del 2013.

[9] Estando enfermo en San Damián, compone el “Cántico de las Criaturas” (2Cel 217). Es la primera poesía en lengua italiana. Este poema es fruto de una mística sostenida con la oración y la minoridad. Es imposible la autenticidad del diálogo sin la escucha contemplativa y la respuesta coherente frente a la miseria y el caos presentes en todas las obras humanas.