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Justicia y Paz: demandas urgentes en el contexto de los Derechos Humanos

Nicaragua está atravesando una crisis aguda, que es más grave que en los tiempos pasados, las estadísticas no oficiales demuestran la dureza de los hechos, el dolor, el sufrimiento, el acoso, la violencia, miles y miles en el exilio, otros desaparecidos, encarcelados, mutilados, etc. Esta estrategia política represiva denota la profundidad de la crisis y cierra caminos hacia la verdadera paz y la justicia social, recordemos que el compromiso de la paz es inseparable de la justicia (Cfr. Sal 85; Is 60, 17). Efectivamente, las Conferencias Episcopales de Guatemala, Costa Rica, los Jesuitas, la Conferencia Franciscana de JPIC y el Consejo Episcopal Latinoamericano CELAM, se han pronunciado frente a esta situación de represión policial que sufre la Iglesia y el pueblo nicaragüenses. De igual manera, la Conferencia Episcopal nicaragüense ha hecho convocatorias para que oremos por la paz, ante esta latente crisis socioambiental.

Como bien sabemos, el respeto a la vida humana es uno de los principales fundamentos para un camino que nos lleve al compromiso de la justicia y la paz. El magisterio de la Iglesia católica, enfatiza que el respeto a la vida se fundamenta en los siguientes principios: La dignidad de la persona humana; la igualdad fundamental entre los seres humanos; el fundamento del bien común, que consiste prioritariamente en la defensa de los derechos, y la solidaridad, entre otros aspectos.

¿En qué consiste respetar la dignidad de la persona humana?

La Iglesia siempre ha estado a favor de la causa de la vida, al igual que el mismo Jesús de Nazaret que denunció el irrespeto hacia la vida de los pobres cometidas por sistemas injustos de su tiempo.

Veamos algunos datos interesantes: el papa Benedicto XVI, en el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz del año 2007, no. 5, afirmaba: “Por lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad: además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de las diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz?”.

Una de las tareas más difíciles para los cristianos es la de denunciar todo aquello que atente contra la vida. Vivimos tiempos en que no es fácil denunciar y buscar la verdad, sobre todo, cuando muchas personas no alcanzan a comprender una reflexión ética, cuando te dicen que no tienes que meterte en política, cuando se oponen a la postura evangélica que señala a las personas que no están dispuestas a renunciar al mal, que sacrifican la verdad y no se abren a la civilización de la paz. Entonces, la tarea de denunciar queda relegada y se puede perder la sensibilidad personal y social ante los atropellos a la vida, vengan de donde vengan. Además, debemos evitar la tentación de ser espectadores, hay muchos que no quieren enfrentarse a la verdad de lo que sucede en el país y que lamentablemente se han acostumbrado a la pasividad, al silencio cómplice. Lo más grave es que se está generando un comportamiento que, en vez de salvaguardar la integridad de la vida humana, nos lleva como ya señalaba san Juan Pablo II, a una “cultura de muerte”. Y así, toda forma de violencia atenta contra la vida y contra la cultura de paz, porque se ha ido manteniendo en base a las amenazas, al temor y un ambiente de inseguridad. Las instituciones del Estado y sobre todo la policía tienen que respetar la vida, y este respeto es también reconocer el carácter sagrado de la vida. La sociedad tiene que optar por la vida, proteger la vida, la dignidad de la persona; está llamada a defender y promover, respetar y amar la vida para alcanzar la civilización de la paz, la “cultura de la paz”[1].

Consecuentemente, un cristiano, “bautizado y enviado”, acepta que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. La vida es, el primer don de Dios y, por tanto, se afirma el derecho de que a cada persona se le respete la vida. Entonces, el derecho a la vida no puede ser violentado absolutamente por nadie, y esto da pie a vernos como iguales; como personas creadas, valiosas por la existencia misma y que por lo mismo, todos tenemos derecho a vivir y a vivir con plena dignidad.

Nuevamente el papa Benedicto XVI nos dice: “Pero hoy la paz peligra no sólo por el conflicto entre las concepciones restrictivas del hombre, o sea, entre las ideologías. Peligra también por la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre… En realidad, impide el diálogo auténtico y abre las puertas a la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la violencia” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2007, n. 10).

En el caso de Nicaragua este texto viene como anillo al dedo, tiene una vigencia profética, pues el peligro de la paz es eminente, pero, sobre todo, la actitud de indiferencia y duele a veces decirlo de algunos sectores de la Iglesia, de los mismos partidos políticos tradicionales que ven esta realidad y no dicen nada. Al parecer no les importa el valor de la vida, no hay una denuncia ante los organismos internacionales que velan por el respeto a los derechos humanos, son poco los mensajes esperanzadores, y pocas las personas dispuestas a luchar por la justicia que supere realmente las desigualdades y conflictos sociales. Que bien lo resume el papa Francisco: “Para lograr esto es necesario superar la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor”[2].

Para seguir enriqueciéndonos con estos mensajes del papa por la paz, cito nuevamente a Benedicto XVI, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 2013, n. 3. “Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios. En efecto, la paz es una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humildad que necesita ser rescatada del desorden del pecado”.

            Para concluir, todos deseamos la paz, la necesidad de proponer el diálogo que es, recuperar y renovar el sentido más profundo del diálogo como un espacio importante para favorecer un camino hacia la paz y ojalá, como en otro tiempo histórico, haya nuevamente un proceso de paz y de justicia en Nicaragua y también dentro de una geopolítica internacional. En realidad, una de las exigencias de la “urgencia” que sentimos es tomar grandes decisiones a favor de la paz auténtica y de una justicia que es imprescindible para la democracia, que es el respeto a los derechos humanos. Además, urge cambiar este clima de violencia, para ello es necesario desarrollar nuevas formas de ejercicios de la autoridad estatal, para no perder de vista o sacrificar demagógicamente el orden democrático. Y quiero añadir una frase del canto popular que concluye significativamente: “Feliz navidad, feliz navidad en justicia y libertad. Feliz navidad, feliz navidad un mundo mejor sin miseria ni opresión”. “Feliz navidad sin presos políticos”. “Feliz navidad a todos los nicaragüenses en el exilio”. Finalmente, todos estamos llamados a trabajar por la paz y la justicia, en el compromiso de todos tiene que existir un comportamiento ético, un discurso epistemológicamente apropiado, una política no partidista que busque auténticamente promover la paz y la justicia para reconocer el valor inviolable de la vida, de la dignidad de toda persona humana y la equidad de hombres y mujeres. De esta manera, que Dios nos regale el don de la paz y la justicia.

Fr. Anselmo Maliaño Téllez OFM.


[1] San Juan Pablo II, en su Mensaje a para la Jornada Mundial por la Paz, 1999, n. 4, dice al respecto, “Así mismo, los medios de comunicación tienen un papel particular, porque no sólo informan, sino que también forman el espíritu y, por tanto, pueden ofrecer una notable contribución a la cultura de la paz. También la familia es un sujeto social indispensable en la realización de una cultura de la paz, como célula base de la sociedad desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político”.

[2] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 270.