La 72 un oasis de esperanza para un pueblo en éxodo

Fr. Anselmo Maliaño

Oficina de JPIC, El Salvador.

En octubre de 2018 se llevó a cabo en Guatemala, el III Congreso Franciscano Misionero de América Latina y el Caribe, y uno de los ejes fue la: “movilidad humana”. Unos meses después del Congreso se desató una grave crisis migratoria, el número de refugiados y desplazado era incalculable… 

En efecto, no es fácil abordar el panorama de la crisis socioambiental que enfrentan nuestros pueblos centroamericanos, duele ver cómo miles y miles de personas abandonan forzadamente sus lugares de origen en búsqueda no solo de seguridad sino de una mejor vida… aunque no es nada fácil el camino emprendido, por todos los peligros que enfrentan, todos llevan la mirada hacia el Norte, a sabiendas que cada día las medidas de las políticas migratorias son severas y poco humanitarias.

Desde la perspectiva sociológica, este éxodo masivo es más que un fenómeno social, es una realidad dolorosa y compleja en donde constantemente se violan los derechos humanos, en efecto, esto deja más vulnerable la sociedad y por otro lado, es intolerable y posible de evitar si las políticas de estos países fueran enfocadas hacia el bien común, sino que es debido a una política corrupta que genera pobreza y extrema pobreza, violencia e inseguridad y otros males que hace que miles y miles de personas se vean obligadas a abandonar diariamente sus hogares y sus familias.

Con todo, los migrantes durante el largo viaje, muchas veces a pie hasta llegar al tren, estos hermanos y hermanas, sufren todo tipo de violencia, explotación y no logran llegar a su destino y muchos sobre todo los niños encuentran la muerte, son secuestrados y deportados finalmente.

Y es aquí cuando hacemos referencia a la persona, no solo como individuo concreto, sujeto a un número o estadística[1], sino como un ser colectivo, lo que entonces configura todo esfuerzo y toda lucha por la dignidad humana. Es decir, la solidaridad frente a esta crisis humana y migratoria, apela en realidad a hacer algo más que proponer medidas (muros[2], militares o leyes) que justifican un individualismo malsano, un patriotismo antihumanista, que priva del cuidado de la vida y de la relación con el otro.

Y es que, en realidad, estamos ante estructuras de poder injustas y perversas que, de cara a las necesidades de una vida más digna de los pueblos, sobre todo los más pobres y oprimidos, actúan de manera inmisericorde, y, por otro lado, no escuchan el grito desgarrador de los miles y miles de víctimas. Es más, la situación de los inmigrantes en los Estados Unidos no es segura, ya que el presidente Donald Trump ha actuado con dureza para deportar a “millones” de indocumentados. Ante esta realidad difícil y compleja que va a afectar a tantas personas que llevan años y que se han adaptado poco a poco a esta sociedad y cultura, pero que algunos siguen pagando sus deudas, o son el sostén de la familia en su país de origen. ¿Qué hacer concretamente ante este sufrimiento humano?

Un doloroso éxodo… y las fronteras están saturadas…

En este tiempo de Semana Santa pudimos constatar esta dolorosa realidad del pueblo crucificado, los franciscanos y los encargados del albergue de La 72 en Tenosique, México, llevaron a cabo el viacrucis del migrante durante tres días (lunes, martes y miércoles santo), una vivencia dura al ver los rostros sufrientes y desfigurados de los cristos actuales.

Hasta ahora, el albergue es en realidad un oasis de esperanza donde se brinda refugio y asistencia legal a los migrantes que llegan con grandes urgencias, sin embargo, la casa ha traspasado su capacidad real para recibir a tantos hermanos que llegan en caravanas, sedientos, hambrientos, con los pies llagados y sobre todo con sentimientos encontrados… la mayoría de ellos acompañado de sus niños, jóvenes embarazadas, familias enteras, también algunas personas ya mayores, la mayoría campesinos, gente trabajadora, con signos de agotamiento dependiendo de la experiencia del caminar desde la frontera de El Ceibo (Guatemala) hasta Tenosique (México), un viaje extenuante porque los buses que viajan a Tenosique no llevan a los migrantes… la ruta es muy peligrosa y la gran mayoría se ve obligada a caminar de noche, aunque muchos lo hacen de día y es más delicado por el calor insoportable que hace.

En efecto, durante tres días caminamos desde la frontera de Guatemala hacia Tenosique, México, a través de dos rutas que son las que comúnmente abordan los migrantes, nos dividimos en dos grupos junto a los voluntarios de La 72, y emprendimos el lunes santo el largo trayecto a recorrer bajo un inclemente sol, esta realidad de muerte.

En consecuencia, el viacrucis fue una experiencia inolvidable, llena de riesgos y también de esperanzas, acompañando y también conduciendo hacia La 72 a los grupos de personas que encontrábamos en el camino, comiendo y bebiendo con ellos y sobre todo escuchando su calvario inconcluso. También nos encontramos con varias comunidades generosas que nos recibieron y nos brindaron no solo el alimento necesario y el agua para calmar la sed, sino una mano amiga y un corazón solidario y así con todos los migrantes y todos los días del año. En resumen, el papa Francisco afirma que: “existe un vinculo inseparable entre nuestra fe y los pobres” (EG 48; Mt 25, 31-46).

Esta vivencia del viacrucis del migrante nos enseña que desde la fe cristiana tenemos que hacer algo más de cara a la grave crisis migratoria que estamos viviendo, vuelvo a remarcar que cada día incrementa más el flujo de migrantes, sobre todo hondureños, familias enteras están abandonando este país, por muchas razones y causas que son bien conocidas por todos… Muchos saben de los graves riesgos a los que se enfrentan en el viaje y así deciden marcharse sin miedo a perder la vida o que los deporten.

De este modo, frente a esta verdadera crisis migratoria y humanitaria la Iglesia está llamada a dar respuestas concretas para coordinar esfuerzos y brindar ayuda psicológica y también para abrir nuevos albergues y dar cabida a los inmigrantes y asistencia legal y humanitaria a aquellos que han sido detenidos por las autoridades de migración de México y también de Guatemala.

Además, por la situación de inseguridad que se vive en el país, no se puede echar a la gente a la calle, tampoco es justo dejarlas abandonadas a la suerte y no brindarle la asistencia necesaria, podríamos decir, que es claramente una emergencia humanitaria. Por tanto, urgen respuestas concretas… y también hay que continuar reflexionando y luchando, aunque algunos digan que es inútil, sin embargo, ellos son nuestros hermanos y hermanas que han sido desplazados forzadamente por distintas causas y como afirma el papa Francisco, estamos “llamados a acoger, proteger, promover e integrar a las víctimas de desplazamiento forzado”.

En estos días calurosos de verano, según el Instituto Nacional de Migración (INAMI) de México, se presenta una situación muy delicada ya que los albergues de acogida a los migrantes están saturados por todas partes y, por otro lado, se ha incrementado la violencia, los secuestros, derivados de problemas como el narcotráfico. Un reporte del primer trimestre de este año arroja un dato de 8, 493 asesinatos.

Finalmente, la realidad es más de lo que uno se imagina, hay un alto índice de desplazamiento forzado interno y hace falta un abordaje jurídico especifico a cada caso; además, existe un gran número de la población afectada por esta misma realidad, por otro lado, el éxodo masivo es un verdadero calvario para los mismos inmigrantes y refugiados, hay muchas necesidades, y aunque hay buena voluntad de parte de los voluntarios, de los que coordinan la casa de refugio La 72 en sí y de los frailes franciscanos, las tareas son inacabables…

Por último, agradecemos a los hermanos y hermanas que nos permitieron vivir esta experiencia de fe comprometida, gracias a la Oficina general de la JPIC y su director Fr. Jaime Campos que también se sumó a esta experiencia, a la fraternidad de los frailes que nos recibieron fraternalmente en Tenosique, a la Provincia Nuestra Señora de Guadalupe, a las religiosas y los laicos que nos enseñan con su testimonio de minoridad, a Ramón y todos los voluntarios de La 72, gracias por permitirnos acompañar en este éxodo masivo a los hermanos y hermanas que con el dolor de su alma han decidido escapar y buscar en otro lugar mejor vida, un mejor futuro…


[1] Según los datos de migración, México ha detenido a 76, 944 inmigrantes este año, el 84% procede de Centroamérica. Los hondureños son casi la mitad de todas las detenciones globales; y siguen los guatemaltecos. Los salvadoreños van en tercer lugar, de los cuales un total de 18, 174 han sido retornados al país en los primeros seis meses de 2019.

[2] El papa Francisco señala “muros que encierran a unos y destierran a otros. Ciudadanos amurallados, aterrorizados, de un lado; excluidos, desterrados, más aterrorizados todavía, del otro”. Y viene la pregunta que nos reta y desafía “¿Es esa la vida que Nuestro Padre Dios quiere para sus hijos?”. Cfr. “Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Encuentro Mundial de Movimientos populares”. 5 de noviembre de 2016.