La Creación: la intención amorosa de un Dios creador y dador de vida. (Propuesta desde la encíclica Laudato Si)

René Arturo Flores OFM

Hablar de la Creación desde la perspectiva de la fe cristiana es una materia pendiente, es una palabra vacía de espiritualidad y práctica pastoral, es una palabra que no modifica en el cristiano el modo de vivir y estar en el planeta.

El libro que los cristianos consideramos inspirado por el Espíritu, que lo llamamos Biblia (biblioteca), presenta unos mitos que hablan sobre origen de la Creación, donde se destaca que Yavhe es el iniciador de todo lo creado en el planeta (Gen 1-2), incluso se resalta un orden jerárquico que ubica en último lugar del proceso de creación a los humanos. En toda la biblia, hay distintas referencias del Dios creador.

Los cristianos (católicos y no católicos), creemos que el Dios presentado en el AT, es un Dios creador, somos herederos de una cosmovisión de un Dios que todo lo hizo unido con el Espíritu (que es femenino, Ruah), que se movía (Gn 1,1) y que daba vida al humano, aliento, nefeš (Gn 2,7). Este Dios Creador, es el mismo que actúa en la liberación del pueblo de Israel, y que hace una Alianza liberadora y salvífica en la historia de ese pueblo: el mismo Dios Creador, el mismo Dios liberador y salvífico (Ex3-15).

Si partimos de la Biblia, el libro sagrado, y observamos nuestra práctica cristiana reciente, no encontramos en el cristiano una vivencia clara que apunte a una espiritualidad de la creación, no se percibe que la fe del Dios creador que habita en nuestro ser, mueva el modo de vivir y organizarse del ser cristiano, porque no se  una relación armoniosa e integrada consigo mismo, entre los mismos humanos, con la biodiversidad y la Madre Tierra.

¿Dónde se quedó, qué se hizo, ese mismo Espíritu que creaba y daba vida al inicio en este planeta?; nos sucede que se queda en la fe de un Dios externo, un espíritu que no habita mi ser al igual que el planeta. Si lo siento dentro, si me siento habitado, y que estoy hecho de Él, entonces la misma misión de ese espíritu es: Crear, cuidar, amorosamente. Y también hacer que al igual que el Espíritu del “caos” ordenó la belleza, también nosotros podamos hacerlo.

En cuanto al recorrido de la Iglesia católica, es muy reciente en los documentos oficiales, que se reflexione, se estudie sistemáticamente sobre una teología de la creación, menos aún, sobre una espiritualidad de la creación, que define el modo de vivir de una humano creyente, una práctica pastoral en las comunidades.

Para hacer algunas anotaciones sobre una teología y espiritualidad de la creación, retomaremos el reciente, y primer documento oficial de la Iglesia católica sobre la Creación: la encíclica, Laudato Si, sobre el cuidado de la casa común. 2015[1].

El papa Francisco, hace una invitación ante el drama ambiental, donde considera necesario “un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos…” (LS 14).

Los ejes que mueven el documento de la Laudato Si, dicen de una mirada crítica de la realidad, y plantean el desafío ante esta situación planetaria, resalta:

“la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida” (LS 16).

Estos elementos señalados por el papa, dicen por dónde va el cuestionamiento, la perspectiva y opciones de una espiritualidad de la creación; tengamos un acercamiento al documento.

La realidad punto de partida que desafía nuestra espiritualidad

La encíclica Laudato Si (LS), inicia planteando alarmantemente la destrucción que hacemos al planeta, es decir, parte de un análisis de la realidad global, dice que “la hermana nuestra madre tierra” (citando a Francisco de Asís. LS 1), “clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla” (LS 2).

La primera crítica sobre las causas de la destrucción del planeta que “clama”, es el enfoque de un modelo “antropocéntrico”, donde los cristianos, nos hemos ubicado como “propietarios y dominadores”. Nada de lo que el humano y la sociedad desarrollen tiene que destruir la creación, “la capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios” (LS 5). La realidad es dada, es un don para bien común.

El documento hace ver que hemos convertido esta casa, “cada vez más en un inmenso depósito de porquería” (LS 21); esta práctica está, “íntimamente ligados a la cultura del descarte” (LS 22). En esta cultura se ha globalizado, por eso, “la humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo” (LS 23). Los causales están en “los actuales modelos de producción y de consumo” (LS 27); este modelo neoliberal y de mercado es el que está afectando la cultura y la creación entera.

Este modelo de mercado y consumo, “tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable” (LS 30). El agua está siendo contaminada y afectada en sus cuencas, esto afecta directamente la vida de las grandes mayorías pobres.  La tierra con todos sus bienes naturales, “están siendo depredados a causa de formas inmediatistas de entender la economía y la actividad comercial y productiva” (LS 32). Los otros afectados por el afán ganancias rápidas, son los ecosistemas (LS 36); por eso “no podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambiental, del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas” (LS 43);

En esta degradación de la creación, los afectados directos son los excluidos del sistema, por eso, señala de manera profética la encíclica, “no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS 49). Los países poderosos del “norte”, han degradado los bienes naturales de estos países del “sur”, por las prácticas de la minería, en especial por el uso de sus químicos (LS 51-52).

Estos proyectos promovidos por los grupos de poder que actúan desde la lógica del mercado, no tienen en cuenta el bien común de las grandes mayorías, por eso “cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un obstáculo a sortear” (LS 54). El documento denuncia que, “los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente” (LS 56).

El antropocentrismo, unido a una cultura del descarte, y consolidado por el sistema económico de mercado, que corrompe a los funcionarios de gobierno, para que sus proyectos extractivistas, sin consultas a las comunidades, se desarrollen no importando las consecuencias para el bien común de las grandes mayorías.

La otra crítica al sistema globalizado, es el paradigma tecnocrático que domina la política y la economía, “hay que reconocer que los objetos producto de la técnica no son neutros, porque crean un entramado que termina condicionando los estilos de vida y orientan las posibilidades sociales en la línea de los intereses de determinados grupos de poder” (LS 106-107). La propuesta de una espiritualidad de la creación, requiere ver  críticamente el sistema, porque, “el paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política…el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social. Mientras tanto, tenemos un «super desarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora»” (LS 109).

Una propuesta renovada del enfoque cristiano, toma consciencia de que, “una presentación inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada sobre la relación del ser humano con el mundo…No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología” (LS 116.118).

Es importante tener una mirada más integral de la complejidad de este modelo destructor de la CASA COMÚN, por eso, “la crisis ecológica es una eclosión o una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad, no podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza y el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano” (LS 119).

Otra de las realidades denunciadas en este documento inspirador, es sobre el territorio, “en muchos lugares, tras la introducción de estos cultivos (transgénicos), se constata una concentración de tierras productivas en manos de pocos debido a «la progresiva desaparición de pequeños productores que, como consecuencia de la pérdida de las tierras explotadas, se han visto obligados a retirarse de la producción directa»” (LS 134).

Hacia una propuesta integral, como parte de la espiritualidad de la creación.

La ecología, desde esta perspectiva integral, es la que, “estudia las relaciones entre los organismos vivientes y el ambiente donde se desarrollan. También exige sentarse a pensar y a discutir acerca de las condiciones de vida y de supervivencia de una sociedad, con la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo” (LS 138).

La reflexión anterior, nos hace entender que, “cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita… No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados” (LS 139-140). No podemos entender por separados la realidad, esta es integral, es una sola crisis en la que estamos en este único planeta. Es central pensar y decidir de cara a las futuras generaciones que seguirán viviendo en este único planeta.

La propuesta integral de estar y vivir en la casa común plantea “prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios”; la encíclica hace ver la centralidad que tiene la Tierra para estos pueblos, que por cuidarla y protegerla, “en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura” (LS 146).

En esta propuesta integral se resalta que “el bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia” (LS 157). Este principio, “del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres…La noción de bien común incorpora también a las generaciones futuras. Ya no puede hablarse de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional” (LS 158-159). El bien común es un principio de la espiritualidad de la creación, es importante que tengamos presente que, “la interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común” (LS 164).

El papa Francisco, tiene consciencia de lo conflictivo que trae defender la vida en la CASA COMÚN, por eso, “urgen acuerdos internacionales que se cumplan, dada la fragilidad de las instancias locales para intervenir de modo eficaz. Hacen falta marcos regulatorios globales que impongan obligaciones y que impidan acciones intolerables” (LS 173).

Los conflictos que viven las comunidades con los empresarios que promueven el extractivismo y los políticos corruptos que favorecen esta práctica, es una realidad que se está dando en estas tierras, por eso plantea el papa Francisco, que “La instancia local puede hacer una diferencia. Pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad de cuidado y una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra, así como se piensa en lo que se deja a los hijos y a los nietos. Estos valores tienen un arraigo muy hondo en las poblaciones aborígenes”; esta sensibilidad de las comunidades se concreta en la organización, por eso “La sociedad, a través de organismos no gubernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos” (LS 179).

No se puede hablar de cuidar y defender la creación, sin entrar en conflictos y enfrentamientos violentos con los empresarios que invaden con sus proyectos destructores en la “madre tierra”; una espiritualidad de la creación tiene que estar cargada de esperanza y pasión en la lucha, para poder vivir esta conflictividad que lleva hasta el asesinato de los y las defensoras de la Creación.

La encíclica resalta con gran importancia en esta interdependencia planetaria, el valor del agua en la calidad de vida, en perspectiva del derecho “es un recurso escaso e indispensable y es un derecho fundamental que condiciona el ejercicio de otros derechos humanos. Eso es indudable y supera todo análisis de impacto ambiental de una región” (LS 185).

Este sistema de mercado considera el agua, la biodiversidad, el bosque y todos los bienes de la tierra, como un bien económico, como una mercancía, sin reconocer el valor vital que tienen en sí los bienes naturales que están en nuestros territorios (LS 190-197).

La Unidad de todo con todo, eso es lo que hace que yo sea uno con la tierra, no somos seres aislados, somos UNO, no hay dualidad. Esta Encíclica “Laudato Si” en varios números insiste constantemente en que “todo está conectado, está relacionado, todo está entrelazado…la Espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que se vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea” (Nº 10, 91,92, 117, 120, 137,138, 142, 216).

Una renovada teología de la creación, recrea una nueva espiritualidad

El papa Francisco afirma que, “nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos. Pero estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud” (LS 53).

La encíclica tiene muy claro que los primeros a cambiar su cosmovisión, los principios utilitaristas, las conductas contaminantes, el modelo económico del mercado y las prácticas individuales consumistas, somos los cristianos, ante esto plantea:

“habrá que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia fe y a no contradecirla con sus acciones, habrá que reclamarles que vuelvan a abrirse a la gracia de Dios y a beber en lo más hondo de sus propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz”; además reconoce que, “una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar” (LS 200).

En este documento se renueva o se actualiza la lectura bíblica de la creación, es un nuevo enfoque teológico el que emana de este texto, menos antropocéntrico o conquistador, dice que:

“La Biblia enseña que cada ser humano es creado por amor, hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). Esta afirmación nos muestra la inmensa dignidad de cada persona humana, que «no es solamente algo, sino alguien…El Creador puede decir a cada uno de nosotros: «Antes que te formaras en el seno de tu madre, yo te conocía» (Jr 1,5). Fuimos concebidos en el corazón de Dios…”

Continua la reflexión, “Los relatos de la creación en el libro del Génesis presentan su contenido con un lenguaje simbólico y narrativo. Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra…Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de «dominar» la tierra (cf.  Gn 1,28) y de «labrarla y cuidarla» (cf. Gn 2,15); Como resultado, la relación originariamente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza se transformó en un conflicto (cf. Gn 3,17-19)” (LS 65-66).

En este planteamiento teológico que interpreta mejor el sentido bíblico, se tiene que reconocer que, “no somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada. Esto permite responder a una acusación lanzada al pensamiento judío-cristiano: se ha dicho que, desde el relato del Génesis que invita a « dominar » la tierra (cf. Gn 1,28), se favorecería la explotación salvaje de la naturaleza presentando una imagen del ser humano como dominante y destructivo” (LS 67).

Que la tierra nos preceda, quita la perspectiva antropocéntrica, y resalta la centralidad de un Dios creador y dador de vida para todos los que habitamos esta CASA COMÚN. Un Dios en nosotros, no para “endiosarnos” sino para relacionarnos en la igualdad que compartimos como criaturas, en la interdependencia que nos hace UNO con toda la comunidad de vida de este planeta.

Es un imperativo como cristianos, volver a un buen sentido bíblico, que nos ubica como cuidadores y defensores de esta “Madre Tierra”, para ello, “es importante leer los textos bíblicos en su contexto, con una hermenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a « labrar y cuidar » el jardín del mundo (cf. Gn 2,15). Mientras « labrar » significa cultivar, arar o trabajar, « cuidar » significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar…Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras” (LS 67).

La “ley del Shabbath. El séptimo día, Dios descansó de todas sus obras… (cf. Gn 2,2-3; Ex 16,23; 20,10; Lv 25,1-10)” esta acción de Dios, tiene una dimensión liberadora y política:

“El desarrollo de esta legislación trató de asegurar el equilibrio y la equidad en las relaciones del ser humano con los demás y con la tierra donde vivía y trabajaba. Pero al mismo tiempo era un reconocimiento de que el regalo de la tierra con sus frutos pertenece a todo el pueblo. Aquellos que cultivaban y custodiaban el territorio tenían que compartir sus frutos, especialmente con los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros: «Cuando coseches la tierra, no llegues hasta la última orilla de tu campo, ni trates de aprovechar los restos de tu mies. No rebusques en la viña ni recojas los frutos caídos del huerto. Los dejarás para el pobre y el forastero» (Lv 19,9-10)” (LS 71).

La espiritualidad de la creación no está en armonía con la propuesta de privatizar, acaparar y despojar de la tierra al campesino, que es promovido por el sistema económico de mercado, “la mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo…” (LS 75).

Otro principio bíblico importante sobre el actuar de Dios, es la, “opción libre expresada en la palabra creadora. El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado…” (LS 77); desde este principio de nuestra espiritualidad, “reconocemos el valor y la fragilidad de la naturaleza, y al mismo tiempo las capacidades que el Creador nos otorgó, esto nos permite terminar hoy con el mito moderno del progreso material sin límites. Un mundo frágil, con un ser humano a quien Dios le confía su cuidado, interpela nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder” (LS 78).

Compartimos la misma fragilidad de todas las criaturas, en comunión con “nuestra hermana la madre tierra”, por eso, “el ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo, y así lo expresaba con respecto a los poderes de su época (Mt 20,25-26)” (LS 82).

Otro énfasis a tener en cuenta, es que, “hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos…todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una « regla de oro » del comportamiento social y el « primer principio de  todo el ordenamiento ético-social »” (LS 93).

Este principio espiritual de la “herencia común”, tiene consecuencias políticas y sociales que conducirán a una clara confrontación con la propuesta neoliberal que promueven los empresarios extractivistas, por estar basada en el mercado y la producción de riqueza para unos pocos en detrimento de las grandes mayorías.

Es bien creer desde nuestra espiritualidad que, “desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía” (LS 99).

Pautas pastorales de la espiritualidad ecológica

Un aspecto importante de resaltar, es que toda espiritualidad tiene en su estructura: una orto-doxia: Correcto pensar; una Orto-praxis: correcto hacer; una Orto-patía: correcto sentir.

El orden en general suele ser: depende cómo yo piense -así siento y depende como sienta -así actúo; esta dinámica, nos lleva a revisar nuestro interior para llegar a plantearnos una forma de vida en unidad con la creación.

Volvemos a enfatizar el principio del bien común, destino común y realidad común, necesaria en la toma de consciencia humana, “hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida” (LS 202). Esto implica un cambio en el estilo de vida, de lo interno hacia la realidad social, “cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (LS 208-209).

En este momento histórico, se hace definitivo hacer un cambio o un giro en el rumbo que llevamos, “la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior…una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con  Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea…Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (LS 217).

Este cambio de vida personal nos lleva a, “un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos…También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas” (LS 220). En este proceso nos damos cuenta que todas las criaturas nos hablan del amor con que fueron creadas.

Es importante tener claro que, “la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo… La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño” (LS 222).

En este sentido, la espiritualidad cristiana, desde la perspectiva de la creación, es una propuesta alternativa y profética, que estará conflictuada con los poderes que ostentan destruir la “hermana madre tierra”; por tanto, “una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales” (LS 225).

Esta espiritualidad de la creación, integra la dimensión política, ya que, “el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas» El amor social es la clave de un auténtico desarrollo” (LS 231).

La espiritualidad de la creación, se desarrolla en la dimensión comunitaria, en una perspectiva colectiva, y sentido de comunión, “de esa manera se cuida el mundo y la calidad de vida de los más pobres, con un sentido solidario que es al mismo tiempo conciencia de habitar una casa común que Dios nos ha prestado” (LS 232).

La espiritualidad cristiana de la creación, es una propuesta de vida, es un sentir comunitario, es un compromiso político y es una acción trascendente que se desarrolla en la realidad compleja de este único planeta compartido.

Desde Jesús, y su Encarnación, comprendemos en fe, su presencia divina que asume la realidad, cultura, las conflictividades y el accionar político que vive el pueblo; la práctica de Jesús fue liberadora para el pueblo con quien compartió, sigue siendo una propuesta de vida alternativa, que se basa en que todos y todas tengan VIDA PLENA.

José María Vigil, coordinador de la agenda latinoamericana, retoma lo que, “declaró en 2012 la Comisión Teológica de la EATWOT, Asociación Ecuménica de Teólogos/as del Tercer Mundo (servicioskoinonia.org/relat), han sido las religiones principalmente, las que nos inculcaron la visión que nos ha puesto de espaldas a la naturaleza, y contra ella. No dejaremos de explotarla y destruirla mientras la mayor parte de la población no descubra el carácter sagrado-divino de la naturaleza, y mientras no nos descubramos a nosotros mismos como pertenecientes a la naturaleza, mientras no descubramos a los animales y todos los seres vivos como literalmente hermanos nuestros, unidos todos y profundamente inter-relacionados en una infinita red de sistemas ecológicos que nos hacen totalmente interdependientes, ligados absolutamente para el bien y para el mal”[2].

Retomando algunos aspectos sobre la espiritualidad de la creación

Antes de que el pueblo de Israel desarrollara la memoria testimonial de la acción de Dios en la historia y realidad, la cual encontramos en los libros de la biblia, la primera palabra dada por Dios fue: toda la vida de nuestra “hermana madre tierra”. Los mitos de la creación en el libro del Génesis, solo retoman esa verdad profunda.

El mismo Dios creador es el Dios liberador del pueblo oprimido en Egipto. Un Dios creador solo puede esperar que su pueblo sea libre y actué liberando.

La realidad es el punto de partida para la práctica cristiana, es la mirada de una manera crítica, sensible, abierta y comprometida con la transformación de esa realidad injusta, de inequidad y destrucción socio-ambiental.

Llamados a denunciar y actuar proféticamente ante la destrucción de la “hermana madre tierra”, cambiando nuestra visión antropocéntrica fortalecida muchas veces por una interpretación de la biblia, buscando minimizar la cultura patriarcal y machista.

Hay que tener en cuenta la íntima relación entre la destrucción de la tierra y el empobrecimiento de los pueblos.

Vivir desde un sentido relacional e integral con la biodiversidad de la creación, hay una mutua dependencia de vida entre todos los que habitamos este planeta.

Unidos con las comunidades locales, indígenas y campesinas, siempre valorando la belleza y la vida, en defensa continua de su territorio y patrimonio familiar-cultural.

El bien común, un principio necesario para la igualdad y equidad social, el cuido y defensa de la tierra. Esto implica acciones estratégicas que lleven a dialogar entre todos los que son responsables de instituciones nacionales e internacionales.

Las futuras generaciones, un compromiso intergeneracional, con un sentido de responsabilidad generacional, estos desafían la capacidad de consumo del presente, el modelo de producción depredador.

Hay que ser un solo cántico con las criaturas, en unidad con cada ser viviente con quien compartimos esta CASA COMUN.


[1] Rescatado el 26 de julio del 2019. https://www.oas.org/es/sg/casacomun/docs/papa-francesco-enciclica-laudato-si-sp.pdf

[2] Cuidado del planeta y eco-espiritualidad. José María Vigil. Panamá.  eatwot.academia.edu/josemariavigil.