Los Estigmas de Nuestro Padre San Francisco

Fr. Anselmo Maliaño Téllez, OFM

En la historia y herencia franciscana descubrimos algunos acontecimientos importantes de la experiencia de fe de nuestro fundador. Estas experiencias místicas son la base de nuestra devoción y reflexión franciscana que siguen aportando una espiritualidad fecunda a la Iglesia.

La experiencia personal de Francisco, nos muestra a un hombre que arriesgó su vida en la búsqueda radical de Dios, como valor supremo y único de su vida, para luego ser un amante de Dios, de la humanidad sufrida y de la creación. En efecto, lo propio de la condición del ser humano es vivir una historia en la que día a día se va haciendo, y cada uno se va haciendo aquello con lo que está marcado en su humanidad. En su vida Francisco, vivió de manera extraordinaria a Jesús; seguirle en pobreza y humildad fue su principal orientación, con las llagas Dios lo asemejó completamente a su Hijo en la cruz, como signo de la trascendencia del amor y seguimiento radical y, la observancia sin reservas del Evangelio.

La raíz de los deseos de Francisco de Asís expresa una relación profunda y existencial con Jesucristo pobre y crucificado. Porque los pobres y los leprosos son las imágenes que más prontamente le recuerdan a Jesús, por eso su corazón se emociona delante de ellos. Sin embargo, es importante darnos cuenta que entre los hechos de la vida de San Francisco de Asís, que hablan de su relación con Jesucristo, los estigmas ocupan un lugar de primer orden. Como premisa a este gran acontecimiento, situaremos la experiencia profunda e inicial de Francisco ante el crucifijo de San Damián, este es el hilo cristológico de las relaciones profundas y de la referencia siempre a Jesucristo, hasta identificarse totalmente.

Es en la capilla en ruinas de San Damián donde Jesucristo despierta en el joven Francisco una mirada que se centra en “la casa que se derrumba”, la respuesta de Francisco ante la llamada del Señor es total y generosa, paso a paso se va introduciendo en el deseo del Dios crucificado, que quiere para todos, la vida: “ve repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo”.

Con la experiencia mística de las llagas Francisco de Asís revela a los hombres y mujeres el secreto de su vida entregada a los demás, sobre todo a los leprosos. La revelación del crucificado no alteró en nada la humanidad de Francisco, continuó siendo quien era, no se hizo extraño a los hombres, este magnifico don había hecho de él, más bien, un testigo de la verdad humana y divina, que se origina en la vivencia del seguimiento de Jesús en la Iglesia. Finalmente, podríamos decir, que Francisco fue predestinado y condecorado con las llagas y su cuerpo -cuerpo de muerte- fue configurado al cuerpo del crucificado. Desde septiembre de 1224 hasta octubre de 1226, Francisco de Asís vivió llevando en su cuerpo las llagas de la pasión de Jesucristo.

Acontecimiento místico de la impresión de las llagas

Según San Buenaventura (Leyenda Mayor 13, 3) Este hecho místico ocurrió hacia la fiesta de la exaltación de la cruz, en el monte Alvernia, dos años antes de su muerte, cuando realizaba la cuaresma de ayuno en honor del arcángel San Miguel.

Cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo a un Serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas de la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella. Dos alas se alzaban sobre la cabeza, dos se extendían para volar y las otras dos restantes cubrían todo su cuerpo. Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, y al instante aquellas llagas aparecieron claramente impresas en su carne”.

Por primera vez en la historia y en la tradición de la Iglesia, Cristo se aparecía en la tierra en figura de ángel crucificado, para convertir a Francisco en un signo real, vivo y visible en la suprema identificación con la pasión del crucificado. Por otro lado, el carácter teologal de las llagas de Jesucristo y su realidad impresa en el cuerpo de Francisco continúan teniendo una fuerza enorme de significación: son signo vigoroso “Tenía arraigada en su corazón la cruz de Cristo y si las llagas se abrieron afuera en su carne, fue porque dentro raíces profundísimas de la cruz se habían enseñoreado de su alma”. (2 Celano 211).

Las llagas son la marca de Jesucristo, atestiguando que Francisco lo imitó (imitatio Christi) perfectamente (Rnb 1,2; Rb XII, 5). Por tanto, las llagas se convierten en condecoraciones evangélicas; no son el certificado de igualdad con Jesucristo en los sufrimientos soportados, son más bien el sello de la fidelidad vivida a lo largo del itinerario recorrido, proclamando la fe que se ha mantenido. Por esa razón se afirma, que el seguimiento del crucificado es desde la perspectiva de la fe en le resucitado. Pero también en este sentido hay que comprender el profundo contraste de las llagas con el camino de nuestra sociedad actual, la globalización, la ilusión peligrosísima que hoy se cifra en el activismo, el razonamiento de todo, el consumismo desenfrenado e idolátrico, es la fuga de la cruz de Jesús y de los crucificados.

El camino hacia la meta del cristiano es muy distinto: está señalizado con la cruz. Encontrándonos nuevamente en el camino estrecho (Mt 7, 14) su derrotero es opuesto al que prefiere gran parte de las personas de hoy, está codificado en el sermón de la montaña (Lc 6, 17 – 26) que ayuda a no debilitar la identidad y el compromiso con la misión de la Iglesia.

El acontecimiento místico del Alvernia es, quizás la más alta manifestación de la trascendencia de amor de la nueva alianza en la sangre, hecha a la criatura más apta y capaz de devolver este amor salvífico, anonadándose ante la gloria y la santidad de Dios. De modo que Dios mismo en el monte Alvernia le concedía a su siervo Francisco una nueva e inimaginada forma de martirio que haría de él, durante dos años un crucificado viviente, incorporado profundamente al misterio salvífico de la pasión y muerte de Jesús. “Es Jesucristo con Francisco, un solo ser vivo, sufriente y redentor”. Es decir, Francisco crucificado con Cristo, un “alter Christus”.

Es que, en esta dimensión kenótica podemos decir que Francisco se identifica profundamente con Cristo; estigmatizado como él, pobre como él, y este es un llamado a todos nosotros para que podamos ser Cristos vivos, con llaga y todo, tener una actitud de conversión, adoración, alabanza y entrega radical a Jesucristo. Seguir a Cristo es configurarse perfectamente con él.

¿No es clave para nuestras vidas en la escritura la vivencia del Cristo pobre y crucificado?

Para el cristiano (franciscano) de hoy esta presencia de Cristo pobre y crucificado en su corazón, como don del amor sin reservas, es lo que debe impulsar a buscar, por un lado, el auto-despojamiento, la minoridad y el servicio oblativo y, por otro lado, a los pecadores, a los pobres y marginados que Jesús y San Francisco habrían preferido también.

Francisco tiene de Jesús una visión contemplativa y global, llena de vida y misericordia, una concepción dinámica de la salvación del hombre y la mujer, por el hijo de Dios que se anonada voluntariamente haciéndose hombre (Filp 2, 5-9) frágil, pobre, humilde, peregrino, mendicante, mediador entre Dios y los hombres (2CtaF I, 1-14; CtaO 26-37).

En Francisco de Asís, Jesús crucificado y resucitado volvía a ser el escalofrío gozoso de la Buena Nueva del amor del Padre misericordioso, de la cercanía salvadora suya, de lo transparente que es Dios, de su sencillez, de su paciencia, de su humildad, de sus lágrimas y de su dolor siempre solidario con sus hijos e hijas más pobres. En este dinamismo del amor, Francisco fue tan pobre y humilde que ya no irradiaba más, pero sí totalmente, la persona de Cristo y su espíritu, haciéndose visible, audible, palpable, como nadie, en sus manos, sus pies y costado (2 Celano 219).

Testigos oculares de los santos estigmas

Y así, Francisco después de recibir el don de los estigmas, bajó del monte Alvernia y trató de esconder con toda diligencia aquellas sagradas señales. Es una de las características que le distinguen en los últimos años de la vida del Seráfico Padre. Los estigmas de las manos y los píes, por su exterioridad fueron vistos durante su vida, por bastantes frailes y personalidades fuera de la orden. Solamente Fray Elías y Fray Rufino consiguieron superar la barrera de reserva del Santo, para observar la llaga del costado. (Cfr. 1 Celano 95; 2 Celano 138). También Santa Clara y sus hijas vieron las llagas y pudieron besarlas cuando el cuerpo del santo fue depositado, por breves instantes, en la Iglesia de San Damián, antes de ser sepultado en la Iglesia de San Jorge (1Celano 116 – 117).

No se debe de olvidar que solo San Francisco ha recibido el título de “Otro Cristo” crucificado, fue el Papa Pío XI, quien osó definirlo así: un “Alter Christus”, por ser una de las experiencias místicas más fuertes en la historia de la Iglesia. Para el cristiano, la cruz y el crucificado, encierra un gran misterio en la historia de la salvación y nos lleva hoy a un compromiso y a una entrega total a favor de los más pobres y marginados de nuestro tiempo.

Asimismo, el Papa Alejandro IV (1254-1261) afirmó haber visto con sus propios ojos las sagradas llagas mientras vivía aún el Santo. Los Papas Nicolás III, Alejandro IV y Gregorio IX, dieron privilegios especiales a través de bulas, en las que se podía proceder contra el que negase las llagas de San Francisco, como contra quien incurre en herejía.

También, el Papa Gregorio IX en la bula “Usque ad terminos” de 1237, afirma que las llagas fueron para él “causa especialis” para la canonización. Para el Papa León XIII, Francisco de Asís es: “Nuevo ejemplar de Cristo”, es el hombre que perfectamente le ha imitado; referente a esta opinión se puede remitir a las encíclicas: “Sacra prope diem” de Benedicto XV, 1921 y “Rite expiatis” de Pío XI, 1926. Tuvo razón la Iglesia, desde la mitad del siglo XIII, prácticamente Francisco no ha sido representado sino con el sello de los estigmas y en calidad de ejemplo para el mundo cristiano, los Papas lo proponen como: “Nuevo modelo”, “Copia perfecta”, “Imagen la más semejante”, y “reaparición de Cristo”.

Finalmente, el Papa Clemente IX en 1669, autoriza que se celebre la fiesta de la impresión de las llagas el 17 de septiembre y, el Papa Benedicto XI concedió a la Orden Franciscana celebrar públicamente cada año la memoria de este hecho, probado por testimonios fidedignos. Aunque la Orden ya lo celebraba internamente por mandato del capítulo de Cahors de 1337.

Concluimos afirmando que esta celebración de los estigmas son la manifestación histórica de la proximidad de Dios y, por otro lado, se revela que la dimensión mística que han vivido muchos hombres y mujeres, ya que San Francisco no es el único estigmatizado en la historia, es sin duda alguna, la capacidad de ir al encuentro de los misterios de la pasión de Cristo pobre y crucificado. Es un don que nace de la fuerza del amor, de la apertura y la acogida a los leprosos.

¿Vivimos de hecho y en verdad una vida según la forma del Santo Evangelio, unida a la de Cristo y semejante a la suya?

¡QUE EL SEÑOR TE DE SU GRACIA Y PUEDAS EXPERIMENTAR SU PASIÓN, PASIÓN DEL PUEBLO QUE SUFRE!