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“Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley” (Gal 4,4).

La navidad es anunciada por el adviento, en lo litúrgico; en lo existencial, vivenciamos ese misterio del amor de la Trinidad, donde Dios quiso ser “Enmanuel”, Dios que asume la historia, con todo lo que trae lo humano, con las estructuras y mentalidades culturales. Que Dios nazca de “mujer”, implica que asumió el “ADN”, de una pareja, asistido por la Gracia, que siempre actúa de manera discreta, sin afectar la libertad ni la evolución del camino humano. Para estos días, el papa Francisco, escribió, la Carta apostólica Admirabile signum, sobre el significado y el valor del Belén. 2019; ésta reflexión fue hecha en el lugar donde Francisco de Asís, recreó el misterio de la navidad, la noche del Dios puesto en un pesebre, el “Belén” o el “nacimiento”, como es conocido popularmente; este  misterio de nuestra fe, está cargado de simbología, de muchos significados que recrean la vida en lo más esencial, el papa resalta que es una fiesta cósmica, una alegría que abarca la creación entera:

“¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías” (Carta apostólica Admirabile signum.2019. #5).

El nacimiento del “Hijo de Dios”, Jesús, fue un acontecimiento humano, que se convierte en una Buena Noticia por ser el “Mesías”, el esperado con gran esperanza por el pueblo judío; un nacimiento que marcará un antes y un después, un nacimiento que, se volvió un acontecimiento transformador de la realidad misma, es decir, que desde el nacimiento de Jesús, Dios está transformado la realidad con sus estructuras y sistemas, llegando a planificar todo lo humano y la creación:

“Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados…en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura” (ibid. #6).

Desde la revolución iniciada por el Dios hecho humano, la creación se transforma y espera que nosotros los hijos e hijas de Dios, entremos en ese proceso de transformación juntos con toda la creación, «Porque la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, ya que la creación fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza, de que la creación será librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.» (Rom 8,19-20). El clamor de la Madre Tierra, que nos alimenta y sustenta, está aumentando cada día, por la contaminación, la destrucción y depredación de su biodiversidad y ecosistemas, de los cuales somos parte como sociedad humana. La Creación, nos llama, a vivir como hijos e hijas que la cuidan y defienden, que se transforman con la VIDA en más VIDA. Estos días de navidad, “el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida” (ibid. #8).

El “pesebre”, nos invita al abrazo con toda la Creación, con todo lo que sencillamente palpita y respira, con cada criatura hecha por amor, con cada miembro de esta comunidad de vida; cantemos con la alegría, “Gloria a Dios en los cielos, y en la Tierra paz, a todos los hombres y mujeres que defienden la Creación”.

René Arturo Flores, OFM