Procesos necesarios para la planeación pastoral

Fr. Anselmo Maliaño Téllez

En todo ejercicio de planeación es necesario conocer que posee una estructura básica de procesos y procedimientos: análisis de la realidad y diagnóstico de prioridades, determinación de fines, objetivos, visión y misión, metas y toma de decisiones sobre los medios e instrumentos a aplicar[1]

En general, la planeación es un proceso que apunta a los cambios necesarios, tomando medidas adecuadas en cada encuentro (reuniones) para responder ante esa coyuntura específica y global de la realidad humana[2] que, frente a este cambio de época necesitamos dar respuestas pastorales que aborden con sentido de responsabilidad las crisis humanas y ecológicas.

En el análisis de la realidad social llevado a cabo a través del método FODA (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Alcances), descubrimos:

  • Que es obvio que estamos viviendo en una sociedad dividida, individualista y enferma por la corrupción en todos los niveles.
  • Violencia de los grupos pandilleros asociados al narcotráfico y a otras estructuras de poder que generan corrupción y, por otro lado, desplazamiento forzado (dolorosa crisis migratoria masiva) y un sinnúmero de desaparecidos que aumentan día a día.
  • Países que se consideran árbitros de grandes porciones de recursos naturales (empresas que contaminan los ríos, monocultivos, hidroeléctricas).
  • Situaciones que lesionan la vida humana (feminicidios, fenómeno migratorio masivo, la falta de espacios para continuar los estudios superiores de la mayoría de jóvenes y la falta de medicinas, una salud prácticamente privatizada) es decir, vulneración de los derechos humanos.
  • La falta de reformas (electoral, política, agraria, educativas, salud, entre otras) y de leyes para proteger a los periodistas, a las víctimas de violaciones a sus derechos humanos.
  • Ideología materialista y hedonista (globalización), que coloca la ley antes que la fraternidad, estamos llamados a vencer el individualismo que nos afecta.
  • Pluralismo religioso (mayor pluralización del cristianismo).

Ante esta coyuntura es tarea y desafío del carisma franciscano.

  1. Seguir promoviendo juntos los signos de esperanza que hemos encontrado y desde el espíritu de la Laudato Si, cambiar de paradigma hacia uno más humano y social.
  2. Anunciar con audacia la Palabra y sobre todo con la vida (testimonio), somos una Familia que se preocupa de las demás familias.
  3. Inculcar en todo momento y en toda actividad la paz y el rechazo absoluto a la violencia, el respeto y el amor (ágape-caridad), la búsqueda de un diálogo constructivo a ejemplo de Francisco y el Sultán.
  4. Obrar con el mismo espíritu de fe que animaba a San Francisco y Santa Clara. Para que al interior de esta cultura tan deformada podamos “leer e interpretar, habitar y transformarla según el Espíritu”.
  5. El papa Francisco nos invita a “salir” hacia las periferias existenciales. Estamos llamados a reconstruir nuevamente la Iglesia, en otras palabras, ser menos autoreferenciales y como Francisco aventurarnos en la fe caminando con los leprosos de hoy.

En realidad, somos franciscanamente llamados a seguir a Jesucristo pobre y crucificado, el seguimiento constituye, si bien es cierto que es una iniciativa del Señor (Mt 4, 18-22), una búsqueda espiritual para ser fieles a nuestra forma de vida y para seguir respondiendo a los desafíos del mundo actual desde “la frescura del Evangelio”.

Es necesario revisar nuestra identidad, nuestro ser Familia Franciscana, y por ello, estamos llamados a volver a beber de nuestras fuentes, para que desde una “espiritualidad de la comunión” nos reencontremos a nosotros mismos y podamos replantearnos nuestra misión en el mundo de hoy. Y sobre todo, para Tener el corazón y la mente vueltos hacia el Señor (1R 22, 19) no basta solamente con practicar actos internos (oración, devoción, confesión, retiros, desiertos, eremitorios), o buenas obras de caridad, sino que es necesario practicar toda renuncia a uno mismo, al poder, al dinero (1R 7,7) y a los bienes materiales (romper con los que más nos ata y nos hace ser indiferentes) a la tecnología que es una de las principales razones de distracción, para poder seguir las huellas de Jesús y asumir la responsabilidad de la atención a la crisis socioambiental.

Una comprensión de la vida como don y llamada nos lleva a fundamentar que: Misión y llamada son inseparables y viceversa, y por tanto, constituyen los elementos esenciales de nuestra identidad de Familia Franciscana, que siguiendo a Jesús pobre y crucificado, estamos disponibles para “lavarnos los pies los uno a los otros” (Jn 13, 1-17) lo que expresa el sentido último de nuestra existencia (vacación y misión) la disponibilidad para el amor, el hacerse siervo de todos y abiertos a todos (1R 6, 3-4). Y así, esta imagen debe estar impresa en el corazón del franciscano (ser-con-la- creación) para que desde el seguimiento –estamos urgidos de signos más eficaces en virtud de nuestro propio carisma y sobre todo de la misión- nuestro punto de partida sea siempre la escucha orante y custodiada de la Palabra de Dios y la escucha atenta del clamor de la tierra y el grito de los pobres (leprosos), con el objetivo actual de que transforme nuestras vidas y haga fecunda la tarea misionera.

Esta invitación permanente de la escucha del Evangelio en clave franciscana (método de Emaús) o dicho de otra manera, interpretar el Evangelio a la luz del carisma de San Francisco nos ilumina y enciende nuestros corazones preparándolo para un diálogo fecundo (Stgo 1, 22) y un anuncio valiente “espiritualidad profética”[3] de resistencia a la lógica del consumismo, para un discernimiento permanente desde la fraternidad “espiritualidad de comunión” y para “la entrega sincera de sí mismo a los demás” (GS 24), “espiritualidad comprometida” es decir, para estar siempre presentes y conscientes de acompañar en los nuevos escenarios de la pasión del Dios crucificado en todas las realidades del pueblo pobre.

La Eucaristía –fe celebrada- a la luz de esta imagen grabada o esculpida en nuestro corazón y que es parte de nuestra identidad, es una celebración que recupera este sentido y que facilita otra manera concreta de comprender y vivir el Evangelio, para que en nuestra vida se haga presente a Dios que sirve al hombre por amor y que nos da la capacidad de acoger al otro en la reconciliación –perdón- y en el servicio gratuito y menor.

Es la imagen de otra Iglesia que tenemos que recuperar como un signo de lo que realmente Jesús pobre y crucificado quiere para nuestro mundo (1R 23, 8-11; Jn 17, 21) “espiritualidad de la unidad y del servicio”; superando así todos los lastres históricos, individualismos, egoísmos y la búsqueda del interés personal (CtaO 50-52).

Identificarse con un corazón apasionado y seducido como el de Francisco, hace que sea necesario recuperar nuestra identidad y fomentar en la JPIC una pastoral de encuentros como hermanas y hermanos en la fe, y volver la mirada del corazón más allá de las fronteras visibles de nuestras congregaciones, parroquias “viendo a todos con los ojos del corazón”[4] como respuesta amorosa y obediente al Evangelio (Mt 11, 25b-26).

Finalmente, ante estas realidades históricas –escenario de la cultura actual- deterioradas, secularizadas, la espiritualidad franciscana nos desafía y a la vez nos orienta hacia la construcción de un “hombre nuevo” una “mujer nueva” en una sociedad “nueva” y es el Evangelio el que inspira siempre ese actuar “salvífico” en la historia.


[1] Jesús Andrés Vela, SJ. El Camino de la planeación pastoral, Colombia, 2002.

[2] El Concilio Vat II, en GS n. 4 señala “El género humano se halla hoy en período nuevo de su historia, caracterizados por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al mundo entero”.

[3] En los orígenes de nuestro carisma se asume un importante y profundo protagonismo profético que provoca un giro radical de renovación eclesial y social.

[4] Tres compañeros 57.