Noticias

Quinto tema: Francisco de Asís, peregrino del encuentro

Recordamos y celebramos con fe estos 800 años del acontecimiento del encuentro entre Francisco de Asís y el Sultán en la ciudad de Damieta, en un momento histórico para el poder de la Iglesia que a través de sus cruzadas intentaba recuperar los santos lugares; pero también “las cruzadas definían claramente la posición oficial de la Iglesia y de la cristiandad frente a la civilización islámica”[1].

Por otro lado, analizamos el desenvolvimiento de la historia, las imposiciones a sangre y fuego: “Ambas partes, cristianos y musulmanes, estaban convencidos de haberse embarcado en una guerra santa orientada a defender el honor de Dios. Ambas partes estaban tan separadas y aislada una de la otra que cualquier posible encuentro o incluso el más mínimo contacto parecía imposible”[2].

Se encamina por la senda de la paz

Recordemos que Francisco antes de su conversión descubre y vive los ideales caballerescos de su época y se alista para la guerra; sin embargo, después de una experiencia fuerte y profunda de derrota, dolor, de marginación

y de cárcel (1202-1203), de manera casi misteriosa –a través de un sueño- (2Cel 6), abandona para siempre ese camino de armas y violencias… poco tiempo después vemos a un Francisco que ha cambiado radicalmente, de aquel hombre vanidoso nada queda, se convierte en un predicador itinerante de la paz y el bien de Dios.

En efecto, el año 1219, Francisco movido por “inspiración divina” siente el deseo de ir más allá de las fronteras, entre los infieles (sarracenos) a quienes la Iglesia a través de la cruzada va a combatir y a vencer: “Francisco atravesará la frontera que parecía más ardua, insalvable y peligrosa: la frontera del prejuicio y la enemistad, la frontera de la razón de la cristiandad”[3].

Esta salida misionera de Francisco, nos hace ver en él a un hombre de paz, nutrido profundamente de una vivencia radical del Evangelio, de una vida fraterna en salida muy diferente al monacato de su tiempo, además nos recuerda también, el deseo de responder a la gracia y la necesidad de ser portadores del don de la paz.

En primer lugar “salir” es asumir la iniciativa con plena libertad y amor inclusive a los enemigos de la fe[4], es la actitud evangélica de ir siempre al encuentro del otro, este es el mejor termómetro que tenemos para conocer el “ardor” misionero que, exige ir siempre más allá, cruzando todo tipo de obstáculos, fronteras y prejuicios que nunca faltan y que tienden a condicionar nuestra manera de relacionarnos y nuestra falta de coraje.

Anuncio y testimonio certero

Curiosamente, el mejor ejemplo del Nuevo Testamento lo tenemos en San Pablo que afirma: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1Cor 9, 16)… en este sentido la renovación pastoral es asumir un nuevo impulso misionero; para nosotros los franciscanos es renovar el entusiasmo por la misión, por un auténtico compromiso misionero y de testimonio de vida, dejándonos interpelar siempre por la Palabra de Dios y la realidad histórica.

Pero, este ardor misionero es parte de nuestra identidad y eso exige constante revisión y vigilancia: “Los Hermanos Menores van a ser identificados desde los inicios como una fraternidad en camino, con la desapropiación más absoluta según la intuición original de Francisco, que en su proceso de discernimiento se encuentra cara a cara con la palabra de Dios que siente que le envía a predicar sin nada propio (1Cel 22)”[5].

De este modo, el carisma nace del envío, le concede prioridad especial a la misión y el testimonio silencioso que, es a la vez una llamada a la conversión para que podamos asumir con radicalidad el seguimiento; se trata del punto de partida de la vida fraterna en minoridad, es decir, capaz de desapropiación y de renuncia a toda pretensión de dominación que anula toda auténtica relación e inclusive la vivencia del carisma que es la disponibilidad de salir, de ir a las fronteras geográficas, a las periferias, en comunión con la Familia Franciscana y estrecha colaboración con la Iglesia.

Estos 800 años son una invitación permanente a vivir en constante discernimiento evangélico, para mantener siempre el ardor misionero, esa alegría del encuentro con Cristo como lo experimentaron los discípulos de Emaús, como María de Nazaret que va al encuentro de su prima Isabel para servirle de todo corazón, convirtiéndose así en incansable misionera comprometida; como la mujer de Samaria, junto al pozo de Sicar… en dónde Jesús entabla un intercambio auténtico y sincero, un diálogo profundo en conexión con la verdad, una comunión en el que se rompen los prejuicios para dar primacía a la alteridad. En realidad, el diálogo pasa necesariamente por la renuncia a todo estereotipo, y, por otro lado, para entrar en auténtica relación hay que despojarse de los mecanismos de defensa. 

En efecto, necesitamos ubicarnos en el mundo de las relaciones humanas para encontrar esos nuevos pozos de escucha y de encuentro, afortunadamente nuestras presencias se abren camino hacia un testimonio de fe, de sentarnos a dialogar, rompiendo barreras culturales y religiosas para saciar la sed profunda de la búsqueda de la verdad, que es la fuerza de la justicia y la paz, el ser custodios de la creación según los designios divinos…

Esta memoria histórica es iluminadora para el presente, el ardor misionero de Francisco, le llevó a definir un criterio vigente para una fraternidad en camino dando a conocer la inculturización del Evangelio. “En los documentos fundacionales de la Orden nunca se habla de fraternidad conventual pero si de fraternidad en camino (1R 11), abundan las referencias al perdón, la cercanía al hermano enfermo (1R 5), de cómo comportarse con la gente que se encuentra por el camino (1R 8), del estilo de vida menor cuando va por el mundo (1R 10-12), del modo de hacer misión (1R 16)”[6], en respuesta a una permanente llamada misionera para “ir por el mundo”.

En este mismo sentido el don de la vocación[7] es una llamada urgente a la formación misionera[8], exige una disponibilidad total y un renovado impulso para el anuncio del Evangelio; Francisco nos exhorta a permanecer fieles a esta vida misionera que hemos abrazado, llevando un testimonio de vida auténticamente menor, caracterizado por un modo concreto que jamás es contra la persona sino de humildad, de diálogo, encuentro, escucha, hospitalidad, confianza, franqueza y de sinceridad que se contraponen concretamente a una actitud defensiva, negativa, propagandística, violenta, la cual es sinónimo de enmascaramiento, falsedad o inautenticidad que, no permite asumir un servicio sin descanso por la justicia, la paz y el cuido de nuestra Casa Común.

Desde esta perspectiva, debemos renovar constantemente nuestros compromisos pastorales misioneros discerniendo los signos de los tiempos y de los lugares para salir de ese encierro de sí mismo, de nuestros propios asuntos, intereses, limitaciones que nos han llevado a perder la libertad y la generosidad de estar al lado de los pobres, de las víctimas por los atropellos a su dignidad, para que nuestro testimonio de vida menor y el mensaje sea más creíble y coherente con el seguimiento de Jesús pobre y crucificado.

La urgencia permanente de la misión

Sin dudas, debemos de comenzar y volver a comenzar desde sí mismos a practicar la alegría de “ir” por el mundo, despojado de todo, renunciando a todo y con una actitud contemplativa de una nueva óptica del mundo a través de la lógica de la radicalidad del Evangelio que se abre al diálogo, a la cercanía de los últimos, para acudir al encuentro de los hombres y mujeres de hoy, respetando sus diferencias en la fe, su singularidad como personas humanas, en la noción de los valores y poniendo de manifiesto sus derechos y su dignidad.

No obstante, la Iglesia sigue necesitada de un nuevo empuje misionero, de una espiritualidad renovada, de nuevos Franciscos que vayan sin miedo, sin prejuicio alguno, superando sus tendencias individualistas y las dificultades del resentimiento y del lenguaje egocéntrico; dispuestos a rememorar mediante encuentros prolongados una relación esencial con el pueblo[9] y la cultura[10] para anunciar a todos la paz y el bien. El franciscano y la franciscana son siempre instrumentos de paz, favorecen el encuentro y el diálogo interreligioso, alejan así cualquier forma de discriminación, odio y violencia para ser partícipes de la fraternidad universal e imprimir nuevos rumbos a la misión.

Estas características de la misión franciscana nos motivan a responder adecuadamente y continuar llevando el testimonio de la no cosificación del otro, de la no violencia, de vencer el autoritarismo, la tendencia posesiva y manipuladora, del aprovecharse de las miserias en que viven muchas personas; en realidad este testimonio permite alcanzar a veces en el silencio la autenticidad del amor y el servicio (Mc 10, 45).

De este modo, la minoridad está relacionada con la manera de correr siempre serios riesgos, en la incansable tarea de “ir”, que es necesariamente el carácter de la verdadera reciprocidad, con el deseo profundo de conocer, compartir y de caminar al lado del otro, del hermano, compañero y prójimo; un amor fraterno que nos lleva también a amar y defender la ecología, la paz y la justicia que son inseparables, vivenciando apasionadamente ser portadores de los valores inquebrantables del Evangelio como único lugar de encuentro y acogida, de la escucha y de la palabra orante.

Asimismo, en esta incansable lucha que se funda en el amor divino, de donde surgen incontables tareas por hacer y enormes desafíos como otro paradigma civilizacional, en esta conciencia planetaria el Papa Francisco nos invita a promover un estilo más fraterno, un espíritu de diálogo, de encuentro, de reconciliación, de pertenencia y vínculo, solidaridad y cuidado, una sublime comunión con la comunidad de vida planetaria para que “¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!” (Evangelii Gaudium n. 101).

Relevancia de la escucha y del diálogo fraterno

Nuestros pueblos en crisis continúan exigiendo mayores espacios de democracia, de conciencia ambiental, de paz y justicia social ante tanta violencia y atropello. ¿Qué nos exige esta realidad a nosotros los franciscanos y franciscanas a la luz del Evangelio para que nuestra pastoral sea más creativa y menos conservadora o autoreferencial?

  1. Francisco en este encuentro con el Sultán nos revela la “exclusividad de la relación”, esto quiere decir, que desde el Evangelio encontramos la fuerza de una relación fraterna, auténtica y verdadera ¿Qué podemos hacer desde la fraternidad para no renunciar a esta fuerza de la exclusividad que hace que la relación y el diálogo con el otro sean pleno, sincero y respetuoso?  
  • ¿Cómo podemos lograr una mayor inserción en las culturas en las que estamos presentes, con un verdadero discernimiento de los signos de los tiempos y que nos conduzca a una convivencia y una comunión universal en la justicia y en la paz?
  • ¿Una de las tareas urgentes en la celebración de estos 800 años es evitar toda arbitrariedad, buscar el lado positivo de los conflictos y poner el énfasis en la necesidad de la paz y la justicia, y, simultáneamente, en el cuido de la Casa Común, en realidad somos por vocación defensores del encuentro y del diálogo, en fin, cómo lo podemos lograr?

[1] Manuel Corullón OFM., Francisco de Asís y el Sultán, Colección hermano francisco minor. n. 14, Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2017, p. 19

[2] Ibíd., p. 40.

[3] Ibíd., p. 21.

[4] “San Francisco, impulsado por el celo de la fe de Cristo y por el deseo del martirio, pasó una vez al otro lado del mar con doce compañeros suyos muy santos con intención de ir derechamente al sultán de Babilonia. Llegaron a un país de sarracenos, donde los pasos fronterizos estaban guardados por hombres tan crueles, que ningún cristiano que se aventurara a atravesarlos podría salir con vida. Pero plugo a Dios que no murieran, sino que fueran presos, apaleados y atados, y luego conducidos a la presencia del sultán. Delante de él, San Francisco, bajo la guía del Espíritu Santo, predicó tan divinamente la fe de Jesucristo, que para demostrarla se ofreció a entrar en el fuego. El sultán le cobró gran devoción debido a esa su constancia en la fe y al desprecio del mundo que observaba en él, pues siendo pobrísimo, no quería aceptar regalo ninguno, como también por el anhelo de martirio que mostraba. Desde entonces, el sultán le escuchaba con agrado, le rogó que volviese a verle con frecuencia y le concedió a él y a sus compañeros que pudieran predicar libremente donde quisieran”. Florecillas de San Francisco y de sus compañeros XXIV. San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época. Edición preparada por José Antonio Guerra, 2ª Ed., BAC 399, Madrid, 2013, p. 841.

[5] Manuel Corullón OFM., Francisco de Asís y el Sultán, Colección hermano francisco minor. n. 14, Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2017, p. 23.

[6] Ibíd., p. 24.

[7] “Consideremos hermanos queridos, nuestra vocación, a la cual por su misericordia nos ha llamado el Señor, no tanto por nuestra salvación cuanto, por la salvación de muchos otros, a fin de que vayamos por el mundo exhortando a los hombres más con el ejemplo que con las palabras, para moverlos a hacer penitencia de sus pecados y para que recuerden los mandamientos de Dios”. Leyenda de los Tres Compañeros, 36.

[8] “Formar para la misión significa transmitir una espiritualidad misionera hecha de: Kénosis, libertad interior, fidelidad, silencio, sencillez de vida, donación hasta el martirio. Significa, también, enseñar y practicar la metodología franciscana de la misión: ir de dos en dos, para encontrar al otro, “súbditos y sujetos”, “menores entre los menores de la tierra”. Formar para la misión exige formar para vivir la fraternidad internacional y multicultural, formar para salir de nosotros mismos e ir al encuentro del otro, particularmente del que es distinto, formar para el diálogo con la sociedad y con el mundo en la que nos ha tocado vivir. Sin esa actitud no se podrá anunciar la Buena Noticia en los distintos areópagos de hoy”. Cfr. Fr. José Rodríguez Carballo, VERBUM DOMINI NUNTIANTES IN UNIVERSO MUNDO, Roma, 2009. No. 232, p. 238.

[9] “La evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige; si no utiliza su lengua, sus signos y sus símbolos. Si no se responde a los problemas que plantea; si no se interesa por su vida real”. Cf. Evangelli Nuntiandi N. 63.

[10] “El diálogo con la cultura del fragmento exige también revisar nuestros lenguajes que a veces son muy intemporales, poco conectados con la realidad y con las preguntas, anhelos y problemas reales de la gente, lenguajes demasiados rotundos y dogmáticos, incluso arrogantes, lenguajes muy conceptuales, excesivamente orientados al adoctrinamiento, poco sapienciales y sin vínculos con la experiencia, lenguajes poco agiles, a veces críticos y frecuentemente trasnochados”. Cf. Fr. José Rodríguez Carballo. Llamados a vivir y proclamar el Evangelio en un mundo fragmentado. 2004, p. 730.