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Tercer Tema: Un encuentro inolvidable, una encrucijada siempre decisiva desde una paz evangélica

En este año celebramos con júbilo los 800 años del inolvidable encuentro de Francisco con el Sultán Melek el-Kamel en territorio del dominio musulmán. Es un encuentro significativo que abre las puertas de la Orden y de la Familia Franciscana a una nueva dimensión misionera, un camino de iniciativas permanente hacia la paz[1], una incansable labor que tiene realmente un carácter eclesial. 

Como franciscanos y franciscanas necesitamos ser perseverantes en este legado histórico y espiritual; de ahí que como fraternidad se nos exige una mayor apertura al otro como fruto de una renovada adhesión a la llamada de Jesús –en la cruz- que siempre nos envía para que hagamos muchas obras de misericordia a favor de la paz (Mt 5, 9; Ef 6, 15).

Al remitirnos a los orígenes de este acontecimiento, estamos llamados a poner en práctica este dinamismo evangélico del encuentro y sobre todo el deseo profundo de ponernos siempre en actitud de romper fronteras[2] e ir a otros territorios, en camino hacia el otro y restableciendo el equilibrio de las relaciones con toda la creación con una visión de paz y de justicia.

Estos 800 años continúan interpelándonos en la manera de cómo llevamos adelante esta auténtica misión de comunión y testimonio evangélico por la paz. Por otro lado, nuestro apoyo económico a los santos lugares es importante, sin embargo, deberíamos organizarlo mejor, desde el Plan Pastoral, además promover y organizar jornadas de oración y ayuno por la paz a nivel parroquial y de la diócesis; y hasta peregrinar a Tierra Santa, en realidad hay mucho que hacer para recuperar el sentido de la paz, tan amenazada actualmente.

Por otra parte, es necesario mantener la edición y promocionar la Revista de Tierra Santa, para que con gozo contemplemos el patrimonio arqueológico-bíblico, es dar a conocer mejor la realidad histórica y actual, además todo esto es, como un fiel testimonio de comunión con la Iglesia y con las fraternidades que custodian siempre los santos lugares.

En realidad, la situación violenta y de graves conflictos de Medio Oriente ha crecido y los frailes han permanecido por siglos junto al pueblo que ha sido víctima de tantas crueldades, sufriendo como ellos: expulsados, perseguidos y derramando su sangre, imitando así a Jesucristo en su pasión y muerte. Sin embargo, los franciscanos siguen fieles a la misión, a la mística de la paz, que es a la vez la mística de la alteridad para nuestro tiempo. Es el compromiso evangélico de fe, de reconciliar[3] y de compadecernos siempre de los más débiles y de las víctimas de tantos éxodos forzados, violencias e injusticias sociales.

El dinamismo espiritual de la paz

Para San Buenaventura el sentido místico de la paz se expresa en la tolerancia, el respeto a la dignidad de la persona y sobre todo a la apertura de la alteridad; además que faculta en un nivel ternario de la relación: con la realidad, con Dios y con los hermanos.

En concreto, nuestras fraternidades franciscanas necesitan renovarse no solo pastoralmente, sino que se necesita un nuevo itinerario espiritual que tenga como opción evangélica apostar por la construcción de la paz, la justicia y el cuido de la Casa Común, esto es la disponibilidad de “ir” a los demás, de salir hacia las periferias, en particular ir a quienes más sufren hoy, para curar y sanar las relaciones con sus semejantes.

No olvidemos que el Señor encomendó el reconstruir la Iglesia a Francisco, desde la mística de la cruz de San Damián[4], que es también la luz de la mística de la paz, “ilumina las tinieblas de mi corazón”[5], porque “bienaventurados los limpios de corazón… y bienaventurados los que trabajan por la paz…” (Mt 5, 8-9); “Y que en sus corazones reine la paz de Cristo” (Col 3, 15), inclinar el corazón es una exigencia imperante de encontrarme con el otro, como hermano (Mt 23, 8), como amigo, con simplicidad[6] y de servirle, porque todo se fundamenta en la kénosis de Jesús, que no es más que servicio amoroso a los más débiles de la sociedad.

En este contexto, desde la fe cristiana la paz es una de las mejores posibilidades para lograr el diálogo interreligioso o ecuménico. La reflexión sobre la promoción de la paz posee para la espiritualidad franciscana una riqueza particular y una necesidad imperiosa, ya que el don de la paz siempre implica una apertura al otro, y esto mismo exige un compromiso responsable con la historia, con la misma vocación y misión en la Iglesia[7] en un mundo injusto y mezquino.

Otra visión del itinerario de la paz

Efectivamente, Francisco nos sigue invitando desde este acontecimiento histórico para que optemos siempre por el diálogo como una propuesta novedosa de los fundamentos de la paz, frente a todas las formas de violencia, odios y guerras que acechan continuamente. En realidad, la búsqueda de una verdadera paz como un don de Dios provee de sentido a la experiencia humana para fundamentar los valores de la vida y superar todo individualismo. Así en los propósitos evangélicos de la paz, el diálogo es una nostalgia viviente del otro, es una búsqueda de autenticidad de la alteridad, es la búsqueda concreta de la hermandad, en donde el otro jamás es un “enemigo” o adversario (Mt 7, 12).

Además, la iniciativa de ir al encuentro del Sultán, es el prototipo de esta experiencia de la mística de la paz, que se vive en el encuentro con el otro, con el adversario, el enemigo, con el pobre –leproso-, en la cotidianidad de la oración que integra la contemplación de Dios a través del encuentro con el sufrimiento ajeno.

Para los franciscanos y franciscanas la minoridad[8] destaca en todo momento, nos abre a otras visiones y nos da pista para ofrecer nuevos caminos de presencia cuidando lo esencial y llevando la paz a suelos imposibles, del amor a la paz que se expresa en el diálogo fecundo, la cercanía a las personas –hermandad- y en orden a esa convivencia una mayor coherencia con la vocación profética del carisma, es decir, la “forma” de vida que hemos profesado.

Otro aspecto importante es la itinerancia que cuestiona todo apego, toda incongruencia, toda seudoconversión, las resistencias a los cambios, el modo inadecuado de relacionarnos con Dios, con el prójimo (desprecio del “otro”), y con la creación (erradicando el consumismo, la cultura del descarte y todo lo que destruye al planeta “nuestra historia sagrada”); evitando el miedo a “ir” por el mundo como artesanos de la paz y constructores del bien en una sociedad violenta, caracterizada por políticas corruptas que excluyen.

A través de la itinerancia asumimos la responsabilidad de amar la paz y el bien, promoviendo el “Espíritu de Asís”, en realidad este esfuerzo debería de ser de cada fraternidad que en fidelidad al legado de Francisco de Asís, cuya inspiración sigue generando en la actualidad compromisos auténticos de paz, de justicia, de reconciliación y cuido de la Casa Común “reconversión ecológica” (LS 216-221).

La paz como un camino a seguir

La espiritualidad es un camino fecundo para promover la paz, es una vía humanizadora, es decir, una vía de encuentro y escucha atenta que enfatiza la importancia de la relación con los otros, de ojos y manos abiertas, con un corazón depurado de imposiciones, marginaciones y conquistas. Por tanto, nuestra espiritualidad franciscana sigue planteándonos desafíos muy reales, como por ejemplo el de una fraternidad misionera sin fronteras, laicos y religiosos franciscanos promoviendo caminos ecuménicos para defender toda auténtica búsqueda de la paz.

En conclusión, estos 800 años nos señalan que hay una necesidad real y concreta de conversión interior y quizás lo más novedoso será el esfuerzo de renovación de las estructuras pastorales para hacer acogida de los pobres y acompañarlos en su dolor, para emprender desde la fraternidad nuevos caminos de misión, es decir, para que desde la vida de minoridad demos testimonio de nuestra misión evangelizadora que es: “ir” siempre por el mundo como heraldos de la paz, como instrumentos de su paz, que buscan ofrecer caminos para alcanzar el don de la paz que es Cristo (Ef 2, 14-17).

 Y así, desentrañando este contexto, el Papa Francisco nos inspira a vivir la mística de la fraternidad y minoridad, que es ver y sentir de otra manera para recuperar la espiritualidad que es liberadora, integral y ecológica, sobre todo, nos hace una invitación apremiante de estar más atentos para que la violencia, la injusticia y otros males de la realidad mundana no tengan la última palabra, y con ello, “¡No nos dejemos robar la comunidad!” (Evangelii Gaudium n. 92).

Reflexión personal y fraterna

Estoy invitado/a a revisar con hondura la espiritualidad (envío evangelizador) y sobre todo asumir esta propuesta franciscana de la mística de paz.

  1. Estos 800 años son en realidad una invitación significativa para asumir con particular intensidad la llamada a “salir” … ¿Cómo estar siempre dispuestos a “ir por el mundo” promoviendo la paz y el bien? ¿Con qué experiencia personal de justicia, paz y de conversión ecológica cuento, cómo me he formado desde la identidad franciscana para esta misión evangelizadora?
  • ¿Cómo puedo asumir desde la pastoral esas vías auténticas del trabajo por la paz y la justicia, encuentros –ecuménicos-, jornadas de oración por la paz, misión evangelizadora, diálogo entre las culturas que favorezcan siempre la defensa de los valores para cuidar nuestro nicho ecológico, es decir, cuidar integralmente de la Casa Común amenazada de múltiples catástrofes?
  • ¿Algunas ideas concretas a nivel de Familia Franciscana de cómo podemos mantener vigente ese gesto de paz que Francisco propuso al Sultán, para seguir dando testimonio de ser instrumentos de su paz?

[1] El papa emérito Benedicto XVI, cuando era Cardenal afirmó: “Francisco conoció verdaderamente a Cristo y comprendió así que los cruzados no eran el camino idóneo para defender los derechos de los cristianos en Tierra Santa, sino que hacía falta tomar a la letra el mensaje de la imitación del Crucificado. De este hombre, Francisco, que respondió plenamente a la llamada de Cristo crucificado emana aún hoy el esplendor de la paz que convenció al sultán y pudo destruir verdaderamente los muros. Si nosotros, en cuanto cristianos, tomamos en préstamo el camino hacia la paz según el ejemplo de San Francisco, no debemos tener miedo de perder nuestra identidad: es precisamente entonces cuando de verdad la hallaremos”. Cf. J. Ratzinger, Lo splendore della pace di Francesco” en 30 Giorni XX, 1 (enero 2002) p. 20. En Fr. Artemio Vítores González., Francisco de Asís y Tierra Santa, Ed PPC, Madrid, 2012, p. 96.

[2] “Al mismo tiempo se da el fenómeno de la existencia de otras fronteras que se hacen imprecisas y delimitan cada vez menos. La globalización puede ser invocada como un ejemplo paradigmático de ello. Ésta es una de las grandes paradojas de nuestra época: para unos las fronteras son herméticas, para otros apenas si existen. El fenómeno de la inmigración se inscribe en esta dialéctica, especialmente cuando se trata de los refugiados. Cada año son miles aquellos que la miseria o la violencia expulsan de sus países y no son pocos los que perecen en el intento de encontrar los medios para solventar sus necesidades más elementales y las de sus familias. La suya es una itinerancia pobre y minorítica… una presencia evangélica entre ellos sería un signo de restitución particularmente elocuente en este mundo donde sólo el flujo de dinero, bienes y servicios encuentran libre tránsito, no así las personas, y mucho menos los pobres, sacramentos del Hijo de Dios que fue pobre y huésped”. Fr. José Rodríguez Carballo. Portadores del don del Evangelio, Asís, 2009. N. 23, p. 16.

[3] En el año 1375, su S. S. Gregorio XI, concede a los Frailes Menores a través de la bula Sicut de damnabili, la facultad de reconciliar con la Iglesia católica a aquellos que la abandonaron para hacerse musulmanes y volvieron a la recta fe con una conversión sincera. 

[4] “Fijó sus ojos, arrasados en lágrimas en la cruz del Señor, y he aquí que oyó con sus oídos corporales una voz procedente de la misma cruz que le dijo tres veces: “¡Francisco, vete y repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella!” LM 2,1; Cf. TC 13c.

[5] Afirma San Juan Pablo II, “El “corazón” en el lenguaje bíblico, es lo más profundo de la persona humana, en su relación con el bien y con el mal, con los otros, con Dios. No se trata tanto de su afectividad, cuanto más bien de su conciencia, de sus convicciones del sistema de pensamiento en que se inspiran, así como de las pasiones que implican. Mediante el corazón, el hombre se hace sensible a los valores absolutos del bien, a la justicia, a la fraternidad, a la paz. Cf. Mensaje de su Santidad Juan Pablo II, “La paz nace de un corazón nuevo”. Para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, Roma, 1984.

[6] “La simplicidad de vida repercute en la vida social y económica. Vivimos en una sociedad que nos conduce hacia lo sofisticado y artificial, que promueve el culto al dinero, la prisa, el consumo, la competitividad, el trabajo deshumanizante, la acumulación, el éxito, la imagen, la droga, la realidad virtual que desfigura la vida. Las estadísticas muestran que utilizamos y despilfarramos más recursos de los que el planeta puede dar y que la mayor parte de la humanidad sobrevive en condiciones difíciles y precarias mientras una minoría viven en la opulencia”. Fr. Benjamín Monroy Ballesteros OFM., Clara de Asís Mujer en éxodo. México, 2009, p. 93.

[7] San Pablo VI, afirma: “La Iglesia debe entrar en diálogo con el mundo en el que vive. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace diálogo”. Evangelii Nuntiandi, Exhortación Apostólica acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo. N. 67.

[8] El Papa Francisco en su discurso a los hermanos capitulares el 26 de mayo de 2015, subrayó los elementos esenciales de nuestra identidad: la minoridad y la fraternidad. Para él “minoridad también significa salir de sí mismos, de los propios esquemas y puntos de vista personales; significa ir más allá de las estructuras, ir más allá de los hábitos y las seguridades para testimoniar cercanía concreta a los pobres, a los necesitados, a los marginados, en una auténtica actitud de comunión y servicio”. Cfr. Fr. Michael Perry, OFM., El que tenga oídos que oiga lo que el Espíritu dice… a los Hermanos Menores hoy, Roma, 2018, N. 135.